“Es dificil retener a los jóvenes si no tienes nada que ofrecer”

Sólo los ‘runners’, que emergen a decenas en las últimas horas de luz, cambian el paisaje de Dakar. El resto de horas, todo es movimiento en la capital de Senegal, pero sin zapatillas: coches, taxis, autobuses, carros … Y, en medio, miles de personas vendiendo en las calles. El comercio, de todo tipo de productos, es el auténtico protagonista en cada esquina. Tarjetas de telefonía, fruta o, no por mucho tiempo, bienes. Estos últimos morirán en unas horas, como parte de la celebración de la Tabaski, una tradición musulmana en que se sacrifica un animal.

En la foto, Senghor Diop limpia, repara y vende zapatos en una calle de Dakar, la capital de Senegal. Hay muchos jóvenes que, como él, se han trasladado a la metrópoli para ganarse la vida con la venta ambulante.

Los bienes están de paso, pero los vendedores, no: se despacha de todo fuera de los locales comerciales, casi inexistentes, en Dakar. La capital senegalesa es una de las ciudades con más venta ambulante del mundo y el número de personas que trabajan en las calles crece cada año. Es así desde los años setenta, cuando una sequía provocó la migración masiva del campo a la ciudad. Ahora son sobre todo jóvenes del interior que aspiran a ayudar a sus familias los que vienen a la urbe con la intención de seguir con sus oficios y estudios. Algunos no lo consiguen y acaban vendiendo productos en las carreteras, los cruces o las esquinas.

Los zapatos lucen más después de pasar por las manos de Senghor Diop. “Las reparo y así tienen una vida nueva”, destaca mientras pasea las manos, sucias de betún, sobre una camiseta antigua del París Saint-Germain. Este joven proviene de una localidad de los alrededores de la capital, pero hace casi una década que decidió trasladarse a la gran ciudad, movido por el mismo motivo que impulsa muchas otras personas a emigrar: la intención de ganarse mejor la vida. Sin dejar de captar compradores, Diop explica que al llegar probó suerte en diferentes trabajos hasta que conoció a un zapatero que le enseñó el oficio. Hace cerca de siete años que trabaja en la misma calle de Dakar y su maestro y él son socios. Trabajan, de hecho, uno junto al otro. Mientras hablamos, sin embargo, el zapatero regaña Diop en varias ocasiones porque pierde el hilo cada vez que alguien se acerca a la parada: los vendedores ambulantes que ganan más dinero en el centro de Dakar no venden zapatos. El producto que triunfa aquí son las tarjetas de móvil.

Pero para algunos jóvenes la estancia en la capital es sólo el paso previo para emigrar a Europa. No es el caso de Jainaba Sall, que estudia historia en la Universidad Cheikh Anta Diop. Ella quiere hacer carrera en Senegal. A su lado, Youssouf Gueye, que mira el teléfono móvil con insistencia y que todavía no ha llegado a los veinte, niega con la cabeza. Él estudia letras y sí quiere irse fuera. Quizás a Canadá. Youssouf, sin embargo, no descarta ir a España, donde tiene su padre y algunos hermanos, que también estudiaron pero que en la Península no se dedican a ningún oficio que requiera titulación. Si bien es cierto que la mayoría de jóvenes dicen que no quieren irse del Senegal, son muchos los que lo acaban haciendo.

La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) sitúa la cifra de personas senegalesas que se van a otros estados alrededor del medio millón: los principales destinos son los países vecinos de África occidental y, en Europa, encabezan la lista Francia e Italia. España ni siquiera aparece en la estadística. La mayoría de emigrantes, según la OIM, son hombres de entre 18 y 30 años. Es por eso que muchas personas en Dakar luchan para que no se vayan estos jóvenes, que son el principal potencial para prosperar como nación. Moustapha Diouf es una de las personas que intentan retener la juventud. Vive con su familia en Thiaroye-Surma, una comunidad a media hora del centro de Dakar. Moustapha intentó llegar a Europa dos veces. Ahora desde su asociación se centra en evitar que nadie corra los mismos riesgos que corrió él cuando intentó emigrar desde su país.

La primera vez que intentó llegar a Europa fue por tierra, en 2004, cruzando por Mauritania, pero lo devolvieron a casa antes de que pudiera llegar al otro lado del Mediterráneo. Vivió con rabia el intento frustrado y al cabo de dos años lo volvió a intentar, esta vez por mar. La policía paró su patera en alta mar y estuvo 45 días encerrado en un centro de internamiento para extranjeros (CIE) hasta que le retornaron a Senegal. Fue entonces cuando decidió fundar una asociación de jóvenes repatriados. “Nuestra asociación quiere sensibilizar a los jóvenes para que no se vayan, pero es muy difícil sensibilizar cuando no tienes nada que ofrecer”, lamenta moviéndose enérgicamente. A pesar de los aspavientos, las gafas de sol no se mueven de la boina que le protege de un sol aturdidor.

El presidente de la asociación es especialmente crítico con el gobierno senegalés, ya que dice que el dinero que el Estado recibe de la Unión Europea a cambio de aceptar las deportaciones de personas como él no llegan nunca a la población. Lamenta la falta de políticas públicas que permitan retener a los jóvenes en el país. Critica aún más los acuerdos internacionales, como los que abren las aguas senegalesas a empresas europeas. En un pueblo de pescadores como el de Moustapha, los barcos europeos que acaparan toda la pesca han dejado mucha gente sin trabajo.

“Los países europeos no nos pueden pedir que cerramos las fronteras a quien quiere salir pero que a la vez las abramos a los negocios europeos”, reivindica Moustapha Kebe, responsable de la red Remidev, que incorpora unos treinta de entidades que trabajan sobre migraciones y desarrollo. “Los pescadores locales que no encuentran más pescado están obligados a emigrar; cuestiones como ésta que nos impone la Unión Europea están en la base de la migración irregular”.

Agrupaciones de vendedores

Ante la falta de oportunidades, gran parte de los jóvenes se ven forzados a emigrar o -una solución más al alcance- vender en las calles. Así lo expresa también Cheikh Thiam, vendedor ambulante desde hace años en Dakar. Cheikh, sin embargo, no es un vendedor cualquiera. Aparte de despachar camisas en el centro, también representa la Sinergia de Vendedores Ambulantes para el Desarrollo, la plataforma que agrupa más comerciantes de la calle de la capital: hasta 7.500 miembros.

Mucho antes de que el Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes naciera en Barcelona, en 2015, Cheikh ya trabajaba en las calles de Dakar y capitaneaba la organización en pro de los derechos de los vendedores. Ayuda a los jóvenes -y a los no tan jóvenes-, para que puedan ganarse la vida más dignamente. Brega a diario con la policía local y también con los gobiernos regionales, que instrumentalizan los vendedores según sus intereses. No es una batalla pequeña, la de Cheick, que lucha desde la que es, mucho más que Barcelona, la capital de la venta ambulante en el mundo: Dakar.

Anar a la font – Ara.cat

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